RetrovisorJorge Pérez

La revolución de Bob Dylan

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La revolución de Bob Dylan

La tesis desarrollada por el gran musicólogo inglés Ian MacDonald en su libro sobre los Beatles, ‘Revolution in the Head’, es que la verdadera revolución musical de la agrupación no empezó con la Beatlemanía ni con a Hard Day’s Night, sino par de años después y en el interior de sus cerebros: cuando, al contrario de numerosos artistas pop anteriores, no se contentaron con vender millones de discos repitiendo una y otra vez la misma fórmula, sino que empezaron a evolucionar y a arriesgarse, ayudando a crear un género no desechable, sino con pretensiones artísticas.

Gracias en gran medida a ellos, el rock and roll se convirtió en rock, a secas.

Con Bob Dylan sucedió algo similar: en sus primeros álbumes –Bob Dylan (1962), The Freewhelin’ Bob Dylan (1963)-, Dylan, nacido en Minnesota y llamado originalmente Robert Zimmerman, era un cantante de música folk bastante convencional, inspirado en gran parte por su ídolo, Woody Guthrie y su imagen del cantautor pobre y errante.

Sus canciones tocaban los temas propios de la música folk de esa época, llamada música de protesta. Así, hablaban de la soledad de quien vive a la deriva (‘Like a Rolling Stone’), hacía llamados a la paz mundial (‘Blowin’ in the Wind’), o prevenía la posibilidad de un holocausto nuclear: en ‘A Hard Rain’s Gonna Fall’, compuesta durante la crisis de los misiles en Cuba, se dice que cada verso representaba la idea para una canción que él temía no poder componer debido al fin de la humanidad.

A diferencia de otros ‘protest singers’, sin embargo, su letra, influenciada sin duda por la literatura ‘beat’ y, en especial, a poesía de Allen Ginsberg, se volvió cada vez más elaborada e indirecta.

Paul Simon, otro gran compositor de la época, opinó una vez que la letra de las canciones no era poesía, sino un híbrido entre la prosa y la poesía, y que aunque admitía una que otra imagen poética elaborada, no debía recargarse de estas porque entonces se volvía pesada y pretenciosa.

Dylan eludió ese problema porque aunque su letra contenía a veces imágenes deslumbrantes, su fuerte era el lenguaje popular, lleno de frases sacadas del habla del pueblo… o que pronto se convertirían en frases repetidas por todos.

De hecho, algunas que han sido citadas hasta la saciedad son:

-“No hay que ser un metereólogo para saber hacia dónde sopla el viento”
-“Hay algo pasando aquí, pero usted no sabe qué, ¿verdad, señor Jones?”
-“La respuesta, amigo mío, está volando con el viento”
-“Para vivir fuera de la ley uno tiene que ser honesto”
-“Pero incluso del presidente de los Estados Unidos tiene alguna vez que pararse completamente desnudo”

Otras de sus letras eran tan oscuras, sin embargo, que provocaron toda una generación de ‘Dylanólogos’, incluyendo el célebre A.J. Webberman, quien se especializaba en ‘escarbar’ en los zafacones de la casa de Dylan en busca de evidencia acerca de su estado de ánimo -¿qué está comiendo? ¿Qué vino bebe?- para luego escribir sus artículos interpretativos.

Una anécdota famosa narra la ocasión en que Dylan conoció a los Beatles en agosto de 1964, en una habitación del hotel Delmónico de la Ciudad de Nueva York, donde, poco después de las presentaciones de rigor, ya le estaba ofreciendo cigarrillos de marihuana a los cuatro melenudos.

A partir de entonces, naturalmente, los Beatles –y en particular Lennon- se volvieron más sofisticados y atravesaron por su etapa ‘dopada’, lo cual a su vez ayudó en gran medida a que su música evolucionara.

Lennon, en particular, cambió el tono de sus letras, influenciado por Dylan.

Pero Dylan a su vez tuvo su revolución personal, influenciado a su vez por el rock eléctrico de los Beatles: crecientemente fue adicionando guitarras eléctricas en sus discos, y el rompimiento total con el folk tradicional se produjo en el Newport Folk Festival de 1965, donde escandalizó a los espectadores al presentarse en el escenario acompañado por una banda de rock –los músicos que luego formarían The Band-, comenzando una presentación marcada por los abucheos, los silbidos y los gritos de ‘traidor’.

Poco después, naturalmente, pasaría a disputar con los Beatles el derecho a ser reconocido como ‘la voz de toda una generación’, embarcándose en una carrera prodigiosa que ahora, a la edad de 75 años, ha conducido a que reciba ese galardón que muchos deben considerar inconcebible aunque lo nominaban todos los años: el premio Nobel de literatura.