La NavajaPiso 13

Sexo público y tabú

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Sexo público y tabú

A nadie le sorprende que muchas parejas heterosexuales aprovechen espacios públicos, como playas y piscinas, para bajar calentones eróticos.

Por el contrario, la mayoría de la gente “estreit” ha sentido, por lo menos una vez en la vida, la urgencia pasional de meterse al agua tibia con la persona deseada para besarse y tocarse frente a gente desconocida de todas las edades, incluyendo niños que juegan con flotadores y castillitos de arena. En dichas circunstancias, no a pocos se les han zafado erecciones fálicas o de los pezones.

De igual forma, es común que jóvenes y adultos de distinto sexo se apestillen en los cines cuando bajan las luces, se den “grajeos” intensos en carros con cristales ahumados estacionados en la calle o los paseos e, incluso, que se metan juntos en los baños de bares y chinchorros para consumar uno que otro “quickie” incómodo antes de que los que hacen fila les tumben la puerta a cantazos.

Con nada de eso los boricuas tienen problemas.

Ahora bien, cuando la conducta lujuriosa exhibicionista la protagonizan dos hombres o dos mujeres entonces los hipócritas pegan el grito en el cielo, convocan a los ejércitos de la moral puritana, llaman a las autoridades, consultan a sicólogos, desatan redadas y arrestos, publican las caras de los “enfermitos” en primera plana y los gobernantes dan conferencias de prensa para denunciar “semejante degradación humana”.

A diferencia de lo que ocurre con los “estreits”, la sociedad condena sin piedad las caricias de los sujetos “queer” que se excitan en público, acusándolos de ser peores al resto por ser unos “bellacos”; palabra tabú registrada en la isla por primera vez en 1965, según indica el Tesoro Lexicográfico de la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española.

Este terrible prejuicio conlleva que el estado, que está quebrado, utilice los escasos recursos económicos que tiene para perseguir criminalmente a los homosexuales que realizan actos de amor consentidos que no constituyen prostitución en lugares abiertos, pero apartados, tales como el antiguo corredor de los enamorados en Puerta de Tierra, Ocean Park, los descansos del Monumento al Jíbaro y los cascos urbanos de Río Piedras, Mayagüez y Caguas, entre otros.

La política pública prohibicionista es tan inefectiva que desemboca en la desestimación de los casos por los tribunales debido a la falta de pruebas, ya que muchos son presentados por prostitución aunque no haya habido intercambio de dinero, y no detiene el encuentro de los cuerpos al aire libre.

Peor aún, el sistema que nos rige estigmatiza a estos ciudadanos injustamente como “depredadores sexuales” y les destruye sus reputaciones por expresar su sexualidad, como tantos pícaros “estreits”, fuera de la “privacidad del hogar”.

Por Manuel Clavell Carrasquillo

El autor es escritor, periodista y abogado.